
Una amiga que había estado en las Islas unos meses antes nos comentó que no hacía falta reservar alojamiento con antelación, que los dueños de estudios y hoteles se agolpaban en los puertos con carteles y tú sólo tenías que escoger el que más te gustaba.
Pero cuando llegamos a Arki, una pequeña isla de 50 habitantes, la escena era muy distinta: no había ni un alma.
Le preguntamos a un chico que nos cruzamos por la calle por un lugar para dormir y nos dijo que era totalmente imposible porque al día siguiente se iba a celebrar una boda -la suya- y las pocas habitaciones que se alquilaban en el pueblo estaban ocupadas con sus invitados.
Mientras decidíamos que rumbo tomar nos pusimos a charlar con una pareja de italianos que había venido en el mismo ferry que nosotros, Giorgio y Valeria. Ellos se dirigían a Marathi, un islote cercano en el que sólo viven dos familias y del que se habían enamorado el día anterior durante una excursión en barco.
Así fue como acabamos Mister y yo en una barca de apenas un par de metros con los italianos, el señor que la conducía, el equipaje de los cuatro...

Y un perro, que también se llamaba Giorgio...

Y tras unos minutos navegando por las aguas más bonitas que he visto en mi vida...
Llegamos a una isla en la que ondea la bandera pirata y en la que viven más cabras que personas: Marathi.
La isla se recorre con la mirada, tan sólo una playa de arena blanca con una taberna en cada extremo. Tengo comprobado que, cuando en Grecia hay varias tabernas en una misma playa, una de ellas parece frecuentada por los jugadores del Real Madrid: música chill out, sombrillas blancas, mesas de madera...y la otra por los jugadores del Betis (con familias que se sientan juntas a comer aunque no se conozcan, risas y grandes platos de sandías para compartir). También tengo comprobado que nosotros somos más del Betis que del Madrid y siempre escogemos la segunda opción.
No sé como serían las habitaciones merengues pero las nuestras estaban a escasos 10 pasos del mar (se veía y se escuchaba desde la cama), en una casa cubierta de enredaderas dentro de un patio lleno de árboles.

El dueño de la taberna era un auténtico pirata, no sólo por la bandera y porque siempre vestía una camiseta con "dos tibias y una calavera" sino porque vendía los botellines de agua a precio de botella de ron.
Mister y yo teníamos la teoría de que los que trabajaban para él, en realidad, estaban pagando una deuda de juego. Pirata o no, tenía una taberna junto al mar preciosa en la que comíamos cada noche pescado fresco, pulpo (que secaban allí mismo) o cabra salvaje (buenísima).

Los siguientes días se pasaron como un suspiro: Mister y yo nos turnábamos las gafas de bucear para ver peces de todos los colores (yo, que normalmente me baño como una bolsita de té, entrar y salir, en Marathi no salía del agua), charlábamos con los italianos (que resultó ser una pareja de músicos con una conversación tan afinada como los instrumentos de los que eran profesores en el conservatorio), leíamos, paseábamos por la orilla y, al caer la tarde, cambiábamos las chanclas por las zapatillas para explorar la isla pirata.
Había un antiguo pueblo abandonado desde la II Guerra Mundial (en el que aparecer vivían una docena de personas) del que aún quedaba en pie una bonita iglesia...

La banda sonora de Marathi eran los cencerros de las cabras que pastaban sólas por todas partes...

Durante el día llegaban barcos que, al caer la tarde, volvían a sus puertos...
Y nos dejaban nuestra isla para nosotros sólos...

Durante todo el tiempo que estuvimos en Marathi, yo me acordaba de "la canción del pirata cojo" de Sabina en la que habla de todos los hombres que le hubiera gustado ser (taxista en Nueva York, suicida en el Viaducto, gitanito en Jerez) y pensaba que seguramente Sabina nunca había estado en nuestra Isla porque, si no, también hubiera escogido ser "pececito en Marathi". Yo desde luego, si hay otra vida, quisiera vivirla así.
Un beso y buen miércoles
PD. Menuda chapa estoy dando con el viaje, ya queda poco, dos islas y volveré a tierra firme, lo prometo.