
El primer cumpleaños que pasé con Mister fuimos a París. Allí me di cuenta que cumplir años era bastante menos trágico si lo hacías en un lugar especial porque no cumples años sino ciudades. Así que impusimos los eurocumpleaños: el segundo fue en Londres, el tercero en Bruselas, el cuarto en Lisboa y el quinto en Dublín. Este año, como tenemos a Pececito nadando en mi panza, no nos hemos atrevido a embarcarnos en un viaje demasiado largo así que lo pasamos en nuestra ciudad.
Para celebrarlo este domingo, mientras medio mundo estaba pendiente de la primera gala de OT y el otro medio de los Globos de Oro, decidimos contraprogramar con un "afternoon tea party" en casa. La costumbre del "afternoon tea" la descubrimos el año pasado en Irlanda y nos pareció un planazo y un pequeño lujo asequible. Consiste en ir a hotel carisísimo de esos de los que no te atreverías ni a pisar el felpudo y por un puñado de euros/libras pasas la tarde comiendo las delicias que te sirven en una bandeja de tres plantas.
Escogimos la mejor compañía -ARS e Isa, dos de nuestros mejores amigos que tenemos comprobado que maridan bien con cualquier plan- y entre los cuatro dimos buena cuenta a todo cuanto había en la preciosa bandeja verde que me regaló Mister para convertir el afternoon tea en una costumbre familiar.
Respetamos bastante el orden que, por lo que vimos en Irlanda, va de lo salado a lo dulce. Así que en la planta inferior de la bandeja iban los "finger sandwichs" que hicimos de cuatro tipos: de cebolla caramelizada, queso de cabra y tomatitos cherry uno; con verduritas y mayonesa el segundo; de queso cremoso, pepino y menta el tercero y de cottage chease, rabanitos y mostaza de dijon el último). Para la segunda planta hicimos bizcocho (acompañado de mermeladas caseras de limón, fresa y nata) y muffins de gengibre y miel (tuneados de una receta de I love muffins). Y en el ático de la bandeja, fresas y nubes con chocolate y vasitos de crema de limón y frambuesa).
Ellos nos trajeron frutos secos garrapiñados recien hechos (llegaron calentitos en un packaging espectacular que habían hecho para la ocasión). Son un auténtico vicio, hoy no me he separado de la bolsita blanca.





Y cuando se acabó el té moruno pasamos (bueno, pasaron) al vino blanco para acabar con esta tarta de tres chocolates.


Ahora que lo pienso, no brindamos por ninguna de las cosas que íbamos a celebrar (y que decía la invitación que les enviamos por email), ni soplamos velas ni nada, pero fue un NO cumpleaños digno de Alicia en el País de las Maravillas.
Con un comienzo tan dulce, presiento que será una gran semana.
Un beso grande.